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jueves, 15 de septiembre de 2016

Un minicerebro con células de los dientes de leche para estudiar el comportamiento social

Fuente: http://www.abc.es/salud/enfermedades/abci-minicerebro-celulas-dientes-leche-para-estudiar-comportamiento-social-201608102134_noticia.html

  • El Proyecto "Ratoncito Pérez", utilizado en autismo, se extiende al síndrome de Williams, que se caracteriza por un exceso de sociabilidad y extrema ansiedad.
  • Autismo y síndrome de Williams presentan rasgos sociales totalmente opuestos, aunque comparten un déficit intelectual.


Cultivo de neuronas procedentes de dientes de leche de niños con síndrome de Williams.




El comportamiento social reside en la capacidad de comunicarnos adecuadamente con los demás; para ello debemos percibir, procesar e interpretar las señales sociales y responder con conductas apropiadas. Estas funciones están mediadas por las áreas del cerebro que comprenden el "cerebro social", en particular, la corteza prefrontal medial, la amígdala, la ínsula anterior, la corteza cingulada anterior, el giro frontal inferior y el surco temporal superior.


Dos trastornos del desarrollo neuropsiquiátricos, el autismo y el síndrome de Willams, muestran anomalías opuestas en el comportamiento social: mientras que el autismo se caracteriza por la evitación social y la falta de interés en las interacciones sociales, en el síndrome de Williams las interacciones sociales están excesivamente desinhibidas y las personas que lo padecen son extremadamente simpáticos. Las manifestaciones opuestas de ambos trastornos en el comportamiento social en ambos trastornos ofrecen la oportunidad de estudiar los mecanismos neurobiológicos de las anomalías sociales, la heterogeneidad de los síntomas y la genética del trastorno del espectro autista hace complicado comparar directamente los comportamientos sociales.

Sin embargo, la información genética bien caracterizada del síndrome de Williams y su manifestación social característica hace más accesible un estudio neurogenético que podría ayudar a comprender la relación entre los genes, los circuitos neuronales, la fisiología y el comportamiento social.


Investigadores de la Universidad de California en San Diego y del Instituto Salk de Estudios Biológicos han creado un modelo del desarrollo neurológico del síndrome de Williams, que abarca la genética molecular, células madre, neurobiología y el comportamiento del tallo. Los resultados los publica la revista Nature.


El síndrome de Williams es una enfermedad genética rara causada por la eliminación en una de las dos copias del cromosoma 7, de 25 genes contiguos de los aproximadamente 30.000 genes que se expresan en el cerebro. Afecta a uno de cada 10.000 personas en todo el mundo, sin distinción de sexos.


Además de una serie de problemas médicos y un defecto cardíaco específico, las personas que lo padecen suelen mostrar un rostro distintivo con una nariz pequeña y respingona, boca ancha, labios gruesos y mentón pequeño y también pueden tener problemas dentales y ortopédicos. Neurológicamente, tienen retrasos en el desarrollo, con graves déficits espaciales, sin embargo, tienen bien conservado el uso del lenguaje y excelentes habilidades musicales, mucho de ellos con oído absoluto.


"Un aspecto interesante es su típica predisposición excesivamente social", explica la coautora del estudio Ursula Bellugi, directora del laboratorio de neurociencia cognitiva en el Salk, experta en este trastorno. "Las personas con la supresión de genes carcterística del síndrome de Williams tienden a ser excesivamente amables y confiadas con los extraños, aunque también excesivamente ansiosos".


Sin embargo, no está claro cómo la genética provoca los rasgos de comportamiento característicos del síndrome de Williams. Por lo que "un modelo humano de la enfermedad podría llenar los vacíos científicos y ayudaría a entender los mecanismos que hay detrás de esa enfermedad", resalta Bellugi.


La otra coautora del estudio, Alysson Muotri, de la Facultad de Medicina de la Universidad de California-San Diego empezó a interesarse por el síndrome de Williams porque es muy diferente de su habitual área de investigación sobre el autismo, un trastorno que se caracteriza por un déficit importante de sociabilidad y habilidades lingüísticas. "Me fascinó cómo un defecto genético, una pequeña deleción en uno de nuestros cromosomas, podría hacernos más amigables y empáticos", explica.


En los últimos años, Muotri y sus colegas han creado modelos celulares in vitro de autismo utilizando células madre pluripotentes inducidas reprogramadas (IPSC) derivadas de los dientes de leche que habían cambiado niños con autismo, proyecto conocido como "Ratoncito Pérez". Y ahora han hecho lo mismo con el síndrome de Williams.


El equipo comenzó con células extraídas de la pulpa dental de los dientes donados por los niños con síndrome de Williams. Después las reprogramaron para convertirlas en células progenitoras neurales, capaces de formar en una placa de laboratorio redes neuronales funcionales semejantes a las de la corteza en desarrollo del cerebro humano.


Y el proyecto "Ratoncito Pérez-Williams" ha dado sus frutos: "Hemos descubierto que las células progenitoras neurales fallan en la proliferación debido a los altos niveles de muerte celular", explica Muotri. "Y como consecuencia de la menor división de las células progenitoras, los cerebros con síndrome de Williams tienen reducida la corteza cerebral". La observación fue posteriormente validada utilizando imágenes de resonancia magnética de los pequeños participantes del estudio.


Además las neuronas cultivadas a partir de los dientes de niños con síndrome de Williams tienen una morfología distinta. Tienen más ramificaciones que las neuronas de niños con desarrollo normal. "A nivel funcional, esto significa que hacen más sinapsis o conexiones con otras neuronas de lo que cabría esperar," dijo Muotri. "Eso podría ser la base del rasgo supersocial, y podría ayudar a entender el autismo y otros trastornos que afectan el cerebro social", añade.


La alteración en la morfología neuronal se confirmó con una colección de tejidos post-mortem de un cerebro con síndrome de Williams que aportó Katerina Semendeferi, otra de las autoras del trabajo: "Una observación sorprendente fue que estas neuronas corticales en personas con síndrome de Williams son más complejas que las de los controles (niños de desarrollo típico de la misma edad). Las alteraciones morfológicas presumiblemente aparecieron durante la gestación y se mantienen después del nacimiento"


Muotri señala que la investigación representa uno de los primeros esfuerzos para utilizar células iPS y la tecnología "cerebro en una placa" para generar nuevos conocimientos acerca de una enfermedad y no simplemente para replicar datos de otros modelos.


Pero más allá de eso, Muotri cree que este modelo de síndrome de Williams puede ayudar a explicar lo que hace a los humanos seres sociales, un desarrollo clave en la evolución de la humanidad. "Fue nuestra capacidad social la que nos hizo una especie colaboradora, capaz de provocar una espectacular transformación de nuestro entorno mediante la creación de la poesía, la música y la tecnología", destaca Muotri".


domingo, 27 de septiembre de 2015

Cerebros en miniatura para estudiar el autismo

Fuente: http://abcblogs.abc.es/cerebro/public/post/cerebros-de-laboratorio-en-miniatura-para-estudiar-el-autismo-16915.asp/


A partir de células de la piel de personas con autismo y de sus familiares, investigadores de la universidad de Yale han logrado desarrollar en el laboratorio cerebros diminutos en 3-D que recapitulan el primer trimestre del desarrollo cerebral en esta patología. Gracias a estos “organoides”, como se los denomina, han podido observar las diferencias en el desarrollo del cerebro comparándolo con los minicerebros obtenidos de sus familiares no afectados por esta patología.


Así han podido ver que en los organoides obtenidos a partir de la piel de 4 pacientes tenían alterada la expresión de genes que controlan el desarrollo neuronal, una proliferación celular mayor de lo normal, un exceso de neuronas inhibitorias y un desarrollo de las sinapsis alterado. El trabajo se publicó en el mes de julio en la revista “Cell”.


Hace dos años, un equipo internacional de investigadores, liderados por el austriaco Juergen Knoblich, logró por primera vez obtener en el laboratorio este tipo de pequeños cerebros del tamaño de un guisante que reflejaban de forma bastante fiel las primeras etapas del desarrollo del cerebro humano. El “fascinante” trabajo, como lo calificaron varios científicos internacionales, se publicó en la prestigiosa revista “Nature”.


Este “organoide cerebral”, como le denominaron sus creadores, se obtiene a partir de un cultivo de tejido de células de la piel que se convierten en células madre pluripotentes, capaces de dar lugar a las células cerebrales. Y en lugar de reordenarse de forma caótica, se vio que forman una estructura esférica que recapitula en parte las primeras etapas de la organización del cerebro humano y en concreto de la corteza cerebral.


Este abordaje ayuda a superar algunas de las limitaciones actuales del estudio de las enfermedades neurológicas y de los trastornos del desarrollo utilizando modelos animales, como ratones, que no comparten la complejidad del cerebro humano. Las limitaciones de estos modelos y la complejidad de los trastornos del espectro autista dejan más de un 80% de los casos de autismo sin atribuir a una causa genética clara.



Los organoides muestran la organización interna compleja del cerebro humano, con la proliferación de células inmaduras (rojo) y una capa circundante de neuronas en proceso de maduración (verde).






Por eso, los investigadores, en lugar de partir de la genética y recurrir a los enfoques tradicionales, se han servido de esta nueva técnica para estudiar la biología de la enfermedad en sí y a partir de ahí tener un acceso al genoma, como explica Flora Vaccarino, de Yale.


Las características clínicas del autismo son complejas y de gran alcance, por lo que la perspectiva de encontrar factores subyacentes comunes es pequeña. Por eso los investigadores se centraron en aproximadamente una quinta parte de los pacientes de autismo que comparten un rasgo distintivo en correlación con la gravedad de la enfermedad: un cerebro agrandado.


Después de aislar las células de la piel de estas personas, así como de sus padres no afectados para proporcionar un punto de comparación, los investigadores convirtieron las células de la piel en células madre pluripotentes inducidas, que luego dieron lugar al cerebro en miniatura.


Estos “organoides cerebrales” tienen unos pocos milímetros de diámetro, pero imitan los conceptos básicos de desarrollo temprano del cerebro humano, que corresponde aproximadamente a los primeros meses de gestación. Cuando los investigadores analizaron los organoides de los pacientes, descubrieron redes de expresión alteradas en genes que controlan el desarrollo neuronal. Los organoides de los pacientes mostraron una sobreproducción inesperada de neuronas inhibitorias que reducen la actividad neuronal, mientras que las excitatorias no se vieron afectadas, lo que lleva a un desequilibrio entre esos dos tipos de neuronas.


Sorprendentemente, mediante la supresión de la expresión de un solo gen, cuya expresión se incrementó anormalmente en los organoides de los pacientes, los investigadores fueron capaces de corregir este desequilibrio, lo que supone un primer paso hacia intervenciones terapéuticas que restauren el equilibrio neuronal.


Con la tecnología actual, los organoides cerebrales humanos sólo recapitulan las primeras etapas de desarrollo del cerebro, pero los esfuerzos para extender su crecimiento a las etapas posteriores están en marcha, lo que permitirá obtener nuevas perspectivas sobre la enfermedad. Los investigadores están utilizando sus datos para tratar de encontrar cambios epigenéticos, en los que interviene el entorno, responsables de las alteraciones de la expresión génica y el desequilibrio neuronal observado en el estudio.


martes, 21 de julio de 2015

Microcerebros para combatir el autismo

Fuente: http://www.elmundo.es/salud/2015/07/17/55a7fc49268e3ed74c8b459a.html








Como si de una máquina del tiempo se tratara, un consorcio de científicos de la Universidad de Yale (New Haven, EEUU) ha logrado reconvertir células de la piel (ya conformadas) de pacientes con autismo en células madre. Una forma de volver al origen de este trastorno para observar desde las fases iniciales del desarrollo celular en qué momento y de qué manera ocurren las alteraciones genéticas desencadenantes, a las que también hay que poner nombre.




Cabe subrayar, aclaran los autores del estudio, publicado en la revista Cell, que la base genética no es la única responsable de las enfermedades que afectan al desarrollo del cerebro, como el autismo (se sabe, por ejemplo, que tener hijos a una edad avanzada aumenta el riesgo), aunque sí supone una marca significativa e indiscutible. De ahí que identificar los errores genéticos vinculados al autismo sea uno de los grandes retos de la Psiquiatría.




En este campo queda mucho por descubrir. "El autismo es una enfermedad muy compleja y resulta difícil estudiar sobre los procesos de desarrollo en los tejidos humanos", argumenta Flora Vaccarino, una de las investigadoras responsables de este trabajo. Se sabe que el trastorno de espectro autista severo aparece durante el desarrollo cerebral, pero en la mayoría de los casos, en el 80%, se desconoce el punto inicial o la base genética. Recientes estudios de mutaciones genéticas en casos raros de autismo insinúan que el desarrollo de la corteza cerebral en el periodo fetal es anormal en el autismo. A partir de aquí, el equipo de investigación de Yale buscó establecer claramente los errores que suceden en esta fase. Vaccarino y su equipo de científicos seleccionaron cuatro pacientes con este diagnóstico, pero con una peculiaridad que sólo comparte el 20% de los afectados: aquellos que tienen un cerebro de mayor tamaño (macrocefalia).




Después de aislar las células de la piel de dichos participantes (mediante biopsias) y sus padres, en el laboratorio las convirtieron en células madre pluripotentes, creando así una "especie de cerebro en miniatura" u organoide. Las células madre crecieron en un espacio tridimensional, simulando un minicerebro. A continuación, compararon la expresión genética y el desarrollo de los tipos de células entre los pacientes y sus familiares sin autismo. En lugar de "partir de la genética [a través de un análisis de sangre], hemos empezado con la biología de esta enfermedad", puntualiza la autora, profesora de Psiquiatría Infantil y de Neurobiología de la Universidad de Yale.




La línea de investigación de Vaccarino y sus colegas "es muy novedosa, otra forma de obtener información. Un abordaje complementario muy interesante y elegante", señala al comentar este trabajo Carmen Moreno, psiquiatra del programa AMI- TEA del Hospital Universitario Gregorio Marañón de Madrid.




Los denominados "cerebros organoides" de laboratorio apenas miden unos milímetros de diámetro, pero imitan conceptos básicos del desarrollo temprano del cerebro humano, que corresponde aproximadamente a los primeros meses de gestación. Tras analizar los minicerebros, los investigadores descubrieron "que las células de los pacientes se dividen a un ritmo más rápido, que se produjeron más neuronas inhibidoras del control celular y más sinapsis", expone Vaccarino. También observaron un aumento 10 veces mayor en el gen FOXG1, que es importante en el crecimiento y desarrollo temprano de las neuronas en el cerebro embrionario. Los resultados son, tal y como señala la especialista española, "muy coherentes con los últimos avances científicos, que relacionaban la formación de sinapsis, el control de los genes cerebrales y la cromatina con las causas del autismo [según un estudio publicado en Nature a finales de 2014]".




Sorprendentemente, "mediante la regulación de los niveles de expresión FOXG1 en las células neuronales de los pacientes, hemos sido capaces de revertir algunas de las alteraciones neurobiológicas", agrega la investigadora. "De hecho, la corrección de la sobreexpresión FOXG1 impidió la sobreproducción de neuronas inhibidoras en las células del paciente". Además, "también encontramos una relación entre la magnitud de los cambios en la expresión génica y el grado de macrocefalia y la gravedad del paciente". Todo esto sugiere, que "podría ser factible intervenir para restablecer el equilibrio neural [...] FOXG1 podría utilizarse como biomarcador potencial o firma molecular de graves casos de autismo y conducir a nuevas dianas terapéuticas para el tratamiento del autismo".

domingo, 12 de octubre de 2014

Multiple neurodevelopmental disorders have a common molecular cause

Fuente: http://www.sciencecodex.com/multiple_neurodevelopmental_disorders_have_a_common_molecular_cause-143243


Neurodevelopmental disorders such as Down syndrome and autism-spectrum disorder can have profound, lifelong effects on learning and memory, but relatively little is known about the molecular pathways affected by these diseases. A study published by Cell Press in the American Journal of Human Genetics shows that neurodevelopmental disorders caused by distinct genetic mutations produce similar molecular effects in cells, suggesting that a one-size-fits-all therapeutic approach could be effective for conditions ranging from seizures to attention-deficit hyperactivity disorder.

"Neurodevelopmental disorders are rare, meaning trying to treat them is not efficient," says senior study author Carl Ernst of McGill University. "Once we fully define the major common pathways involved, targeting these pathways for treatment becomes a viable option that can affect the largest number of people."

A large fraction of neurodevelopmental disorders are associated with variation in specific genes, but the genetic factors responsible for these diseases are very complex. For example, whereas common variants in the same gene have been associated with two or more different disorders, mutations in many different genes can lead to similar diseases. As a result, it has not been clear whether genetic mutations that cause neurodevelopmental disorders affect distinct molecular pathways or converge on similar cellular functions.

To address this question, Ernst and his team used human fetal brain cells to study the molecular effects of reducing the activity of genes that are mutated in two distinct autism-spectrum disorders. Changes in transcription factor 4 (TCF4) cause 18q21 deletion syndrome, which is characterized by intellectual disability and psychiatric problems, and mutations in euchromatic histone methyltransferase 1 (EHMT1) cause similar symptoms in a disease known as 9q34 deletion syndrome.

Interfering with the activity of TCF4 or EHMT1 produced similar molecular effects in the cells. Strikingly, both of these genetic modifications resulted in molecular patterns that resemble those of cells that are differentiating, or converting from immature cells to more specialized cells. "Our study suggests that one fundamental cause of disease is that neural stem cells choose to become full brain cells too early," Ernst says. "This could affect how they incorporate into cellular networks, for example, leading to the clinical symptoms that we see in kids with these diseases."




Source: Cell Press

sábado, 11 de octubre de 2014

Study finds link between neural stem cell overgrowth and autism-like behavior in mice

Fuente: http://medicalxpress.com/news/2014-10-link-neural-stem-cell-overgrowth.html








People with autism spectrum disorder often experience a period of accelerated brain growth after birth. No one knows why, or whether the change is linked to any specific behavioral changes.


A new study by UCLA researchers demonstrates how, in pregnant mice, inflammation, a first line defense of the immune system, can trigger an excessive division of neural stem cells that can cause "overgrowth" in the offspring's brain.


The paper appears in the online edition of the journal Stem Cell Reports.


"We have now shown that one way maternal inflammation could result in larger brains and, ultimately, autistic behavior, is through the activation of the neural stem cells that reside in the brain of all developing and adult mammals," said Dr. Harley Kornblum, the paper's senior author and a director of the Neural Stem Cell Research Center at UCLA's Semel Institute for Neuroscience and Human Behavior.


In the study, the researchers mimicked environmental factors that could activate the immune system—such as an infection or an autoimmune disorder—by injecting a pregnant mouse with a very low dose of lipopolysaccharide, a toxin found in E. coli bacteria. The researchers discovered the toxin caused an excessive production of neural stem cells and enlarged the offspring's' brains.


Neural stem cells become the major types of cells in the brain, including the neurons that process and transmit information and the glial cells that support and protect them.


Notably, the researchers found that mice with enlarged brains also displayed behaviors like those associated with autism in humans. For example, they were less likely to vocalize when they were separated from their mother as pups, were less likely to show interest in interacting with other mice, showed increased levels of anxiety and were more likely to engage in repetitive behaviors like excessive grooming.


Kornblum, who also is a professor of psychiatry, pharmacology and pediatrics at the David Geffen School of Medicine at UCLA, said there are many environmental factors that can activate a pregnant woman's immune system.


"Although it's known that maternal inflammation is a risk factor for some neurodevelopmental disorders such as autism, it's not thought to directly cause them," he said. He noted that autism is clearly a highly heritable disorder, but other, non-genetic factors clearly play a role.




The researchers also found evidence that the brain growth triggered by the immune reaction was even greater in mice with a specific genetic mutation—a lack of one copy of a tumor suppressor gene called phosphatase and tensin homolog, or PTEN. The PTEN protein normally helps prevent cells from growing and dividing too rapidly. In humans, having an abnormal version of the PTEN gene leads to very large head size or macrocephaly, a condition that also is associated with a high risk for autism.


"Autism is a complex group of disorders, with a variety of causes," Kornblum said. "Our study shows a potential way that maternal inflammation could be one of those contributing factors, even if it is not solely responsible, through interactions with known risk factors."


In addition, the team found that the proliferation of neural stem cell and brain overgrowth was stimulated by the activation of a specific molecular pathway. (A pathway is a series of actions among molecules within a cell that leads to a certain cell function.) This pathway involved the enzyme NADPH oxidase, which the UCLA researchers have previously found to be associated with neural stem cell growth.


"The discovery of these mechanisms has identified new therapeutic targets for common autism-associated risk factors," said Janel Le Belle, an associate researcher in Kornblum's lab and the paper's lead author. The molecular pathways that are involved in these processes are ones that can be manipulated and possibly even reversed pharmacologically.


"In agreement with past clinical findings, these data add to the significant evidence that autism-associated brain alterations begin prenatally and continue to evolve after birth," she said.


Kornblum added that the findings that neural stem cell hyper-proliferation can contribute to autism-associated features may be somewhat surprising. "Autism neuropathology is primarily thought of as a dysregulation of neuronal connectivity, although the molecular and cellular means by which this occurs is not known," he said. "Therefore, our hypothesis—that one potential means by which autism may develop is through an overproduction of cells in the brain, which then results in altered connectivity—is a new way of thinking about autism etiology."


The next step, the researchers say, is to determine if and how the changes they observed lead to changes in the connections between brain cells, and if those effects can be altered after they have happened.





Journal reference: Stem Cell Reports

jueves, 19 de junio de 2014

Nuevas investigaciones con células madre para tratar enfermedades mentales

Fuente: http://www.technologyreview.es/read_article.aspx?id=45496


Una nueva investigación renueva la esperanza de encontrar fármacos para enfermedades mentales, que llevan estancados desde los años 60.



En los laboratorios de Novartis hay una incubadora para cultivar células madre. Los científicos pueden derivar este tipo de células a partir de los pacientes y, bajo las condiciones adecuadas, hacer que se conviertan en neuronas para la investigación y prueba de medicamentos.





En el laboratorio de investigación de Novartis en Cambridge, Massachusetts (EEUU), un enorme dispositivo parecido a una incubadora está ayudando a crear una nueva era de descubrimiento de fármacos psiquiátricos. En su interior, bañadas bajo una suave luz, varias placas de laboratorio contienen células madre humanas vivas, sobre las que unos brazos robóticos depositan sistemáticamente compuestos nutrientes. Gracias a una serie de técnicas perfeccionadas en los últimos años en los laboratorios de todo el mundo, este tipo de células madre, capaces de convertirse en tipos de célula especializados, pueden crearse hoy día a partir de células de la piel. Cuando las células madre derivadas de, por ejemplo, personas con autismo o esquizofrenia se cultivan dentro de la incubadora, los investigadores de Novartis pueden hacer que se conviertan en células del cerebro funcionales. Para ello, sólo tienen que variar con precisión los productos químicos de los cultivos celulares.

No están creando exactamente neuronas esquizofrénicas o autistas, puesto que las células no funcionan dentro de los circuitos del cerebro, pero es lo más práctico a efectos de descubrimiento de fármacos. Por primera vez, los investigadores pueden examinar directamente y a nivel molecular qué aspectos dejan de funcionar correctamente dentro de las células cerebrales de los pacientes con estas enfermedades. Además, y esto resulta de gran importancia para las compañías farmacéuticas, ahora existe un método fiable de poner a prueba los medicamentos y ver cuáles podrían ser de ayuda. ¿Estas neuronas tienen un aspecto distinto de las neuronas normales? ¿Existen errores en el modo en que forman las conexiones? ¿Podría algún fármaco corregir las anomalías? La respuesta a todas estas preguntas es un sí muy preliminar.

La técnica es tan prometedora que Novartis ha reanudado sus esfuerzos por descubrir nuevos medicamentos psiquiátricos después de prácticamente abandonar la misión. Además, la técnica llega en un momento en el que el conocimiento sobre la genética de los trastornos cerebrales se está expandiendo rápidamente y otras nuevas herramientas, entre ellas la optogenética y la edición precisa del genoma, están permitiendo a los neurocientíficos sondear el cerebro de forma directa. Todos estos desarrollos renuevan la esperanza de que la ciencia pueda finalmente ofrecer tratamientos más efectivos para los millones de personas acosadas por devastadores trastornos cerebrales.







Este renacimiento en el desarrollo de fármacos psiquiátricos resulta muy necesario: hace aproximadamente 50 años que no se produce ningún gran avance médico para enfermedades mentales comunes como la esquizofrenia, el trastorno bipolar y la depresión grave. Desde finales de la década de 1940 hasta la de 1960, una serie de descubrimientos fortuitos, empezando por el descubrimiento de que el litio podía ser de ayuda para los pacientes bipolares, transformaron el tratamiento de los enfermos mentales. Estos descubrimientos hicieron posible acallar las alucinaciones y los delirios de la esquizofrenia y ofrecer un fármaco para la depresión grave. La repentina disponibilidad de alivio farmacológico transformó la psiquiatría y desempeñó un papel en el cierre de muchos de los enormes hospitales psiquiátricos de la época. Pero entonces, casi tan repentinamente como había comenzado, la revolución se estancó.

Muchos de los fármacos descubiertos en aquella época siguen siendo los tratamientos más eficaces disponibles para la esquizofrenia, los trastornos de ansiedad y la depresión. Pero aunque estos medicamentos han mejorado la vida de algunos pacientes, son ineficaces para los demás, y lamentablemente resultan inadecuados para gran parte de los peores síntomas. Es más, los medicamentos pueden tener efectos secundarios graves.

Tomemos la esquizofrenia como ejemplo. Los fármacos antipsicóticos existentes pueden hacer desaparecer las alucinaciones y los delirios, pero no mejoran los llamados síntomas negativos, la alteración de emociones como el placer, que pueden hacer que la gente deje de interesarse por la comunicación o incluso por la vida. Los medicamentos existentes tampoco tienen efecto sobre la forma en que la esquizofrenia puede afectar a la concentración, la toma de decisiones y la memoria de trabajo (muy importante para tareas como la comprensión del lenguaje). Estos problemas cognitivos debilitantes hacen imposible que la gente trabaje y les dificulta incluso tomar decisiones lógicas aparentemente simples relacionadas con la vida cotidiana. Estos síntomas pueden atacar de forma insidiosa a personas de alto rendimiento, a menudo durante las últimas etapas de la adolescencia. "La gente no lo entiende", señala el profesor de neurociencia del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, EEUU), Guoping Feng, que estudia las bases neurales de los trastornos psiquiátricos. "Se preguntan por qué un paciente al que se le da un medicamento antipsicótico no puede ir a trabajar. Pero [los pacientes con esquizofrenia] no pueden trabajar porque no poseen funciones cognitivas, no tienen funciones ejecutivas normales. Y no hay medicamentos para ello". Además están los efectos secundarios de los medicamentos antipsicóticos, que pueden incluir trastornos de movimiento similares al Parkinson, un enorme aumento de peso o una pérdida potencialmente mortal de glóbulos blancos en la sangre. Resumiendo, la enfermedad destruye la vida de muchos pacientes.



Por último, a muchas personas con trastornos cerebrales los medicamentos disponibles no les ayudan en absoluto. Los antidepresivos funcionan bien para algunas personas, pero no tienen ningún efecto en muchas otras, y no existen tratamientos farmacológicos eficaces para las discapacidades sociales o los comportamientos repetitivos causados ​​por el autismo.

En general, la enfermedad neuropsiquiátrica es una causa principal de discapacidad. Según el Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH) de Rockville, Maryland (EEUU), el 26% de los adultos estadounidenses sufren un "trastorno mental diagnosticable" en algún momento dado. La depresión grave, el más común de estos trastornos, es la causa principal de discapacidad en EEUU para personas entre 15 y 44 años. Alrededor del 1% de la población estadounidense sufre de esquizofrenia, y uno de cada 68 niños es diagnosticado con un trastorno del espectro autista.

Aunque la necesidad de contar con mejores tratamientos es incuestionable, hasta hace muy poco las compañías farmacéuticas simplemente se habían quedado sin buenas ideas. Los medicamentos desarrollados en los 50 y 60 fueron descubiertos por accidente, y nadie sabía cómo ni por qué funcionaban. En las décadas posteriores, los investigadores aplicaron ingeniería inversa a los medicamentos para identificar sobre qué moléculas cerebrales actuaban, como la dopamina y la serotonina. Sin embargo, hoy día los científicos son conscientes de que aunque ajustar los niveles de estas sustancias químicas sirve para abordar algunos de los síntomas de los trastornos psiquiátricos, la estrategia es muy primitiva e ignora los mecanismos biológicos sobre los que subyacen las enfermedades.

"El estudio de los medicamentos nos llevó a creer que la depresión se produce por tener un nivel de serotonina un cuarto más bajo, y tener esquizofrenia significa un exceso de dopamina", señala el director del NIMH, Thomas Insel. "Pero el cerebro no funciona así. El cerebro no es un plato de sopa. En realidad es una compleja red de redes". Las enfermedades psiquiátricas como la esquizofrenia, la depresión grave y el trastorno bipolar, según Insel, "son fundamentalmente trastornos de los circuitos del cerebro". Durante los últimos años, añade, algunas tecnologías como la optogenética han permitido a los neurocientíficos dejar de considerar el cerebro como una "sopa y verlo como una serie de chispas" (impulsos eléctricos), y han comenzado a explorar los circuitos implicados en los trastornos cerebrales. Aún así, señala, la búsqueda de tratamientos se ha visto retrasada por "nuestra profunda ignorancia del cerebro".






Otro impedimento obvio para encontrar mejores medicamentos es que no hemos contado con formas fiables de ponerlos a prueba. Los investigadores han contado con una capacidad limitada para medir el modo en que algunos medicamentos psiquiátricos potenciales afectan a la biología de los animales de laboratorio, y por tanto se han "inventado" pruebas basadas en la forma en que los medicamentos existentes afectan el comportamiento animal, señala el director del Centro Stanley para la Investigación Psiquiátrica en el Instituto Broad de Harvard (EEUU) y el MIT, Steven Hyman. Por ejemplo, una de las pruebas convencionales para los antidepresivos se conoce como la "prueba de natación forzada". Cuando las ratas tratadas con el medicamento comúnmente utilizado, la imipramina, que fue inventado en la década de los 50 y todavía es considerado uno de los medicamentos más eficaces para la depresión, se dejan caer en un cubo de agua fría, nadan más tiempo antes de darse por vencidas. La propensión de los animales a dejar de luchar se ha racionalizado como una medida de "desesperación del comportamiento", asegura Hyman, pero en realidad no hay ninguna prueba de que el comportamiento de la prueba refleje la depresión humana. Aunque la prueba de natación se ha utilizado durante 50 años para probar antidepresivos y sigue siendo ampliamente utilizada, probablemente todo para lo que sirve es para seleccionar medicamentos que imiten los efectos de la imipramina y permitan a un roedor nadar más tiempo, señala. Eso ha llevado a una serie de medicamentos del tipo "yo también lo hago".

El descubrimiento de nuevos fármacos psiquiátricos está "peligrosamente estancado", afirma Hyman: en términos de eficacia, los antidepresivos "llegaron a su límite" en la década de los 50 y los antipsicóticos en la de los 60. A pesar de que han comercializado una serie de nuevos fármacos psiquiátricos en las últimas décadas, según el profesor de psiquiatría clínica y director de la clínica de psicofarmacología en la Facultad Médica Weill Cornell de Nueva York (EEUU), Richard A. Friedman, son simplemente imitaciones moleculares de los más antiguos. Algunos de los medicamentos más nuevos son un poco más seguros, afirma, pero en esencia, las compañías farmacéuticas sólo están "refinando el mismo tipo de moléculas". Dada la falta de ideas para nuevos compuestos eficaces y la alta tasa de fracaso de los fármacos psiquiátricos durante caros ensayos clínicos (sólo tienen éxito alrededor del 8% en comparación con el 15% de los medicamentos en general), no es de extrañar que, en palabras de Friedman, las empresas farmacéuticas sean "muy reticentes".

De hecho, en 2011 Novartis anunció el cierre de su centro para investigación neurocientífica básica en Basilea (Suiza). La compañía no fue la única en abandonar la búsqueda de fármacos psiquiátricos. En los últimos cinco años, otros fabricantes de medicamentos, entre ellos GlaxoSmithKline y AstraZeneca, han reducido sus iniciativas e inversiones en neurociencia y el descubrimiento de fármacos relacionados. Pero el caso de Novartis fue particularmente notable debido a que el descubrimiento de fármacos psiquiátricos juega un papel muy importante en su historia. En la década de los 60, Sandoz, con sede en Basilea, y que se fusionó con Ciba-Geigy en 1996 para formar Novartis, fue instrumental en el desarrollo de la clozapina, que sigue siendo uno de los tratamientos más eficaces para la esquizofrenia grave. Además, Ciba, otra matriz suiza de Novartis, introdujo la imipramina a finales de los 50.

En la actualidad, el centro de Novartis en Cambridge ha vuelto a la búsqueda. El director global de neurociencia de la empresa, Ricardo Dolmetsch, es el encargado de traducir las recientes revoluciones en genética y herramientas genómicas en medicamentos seguros y eficaces. Como exprofesor de neurociencia en Stanford, Dolmetsch se unió a la compañía en agosto pasado y comenzó a contratar personal de inmediato. Menos de un año más tarde, sus colegas llevan a cabo experimentos entre montones de cajas de mudanza de plástico, a medida que siguen montando el laboratorio. Aunque se nota la emoción del equipo, Dolmetsch mide sus palabras: "Ahora tenemos las herramientas para darle otra oportunidad".



Los genes defectuosos juegan un papel importante en los trastornos cerebrales. Si tienes un gemelo idéntico con esquizofrenia, la probabilidad de que tú también tengas la enfermedad es de entre un 40% y un 65%. Si un hermano tiene la enfermedad, tu probabilidad es del 10%. Las estadísticas para el autismo y el trastorno bipolar son similares. Aunque los genes influyen un poco menos en la depresión que en otros trastornos, también desempeñan un papel crítico. Sin embargo, según afirma Hyman desde Broad, los investigadores sólo se han dado cuenta de la complejidad de la genética durante los últimos años. Hyman afirma que cuando era el director del NIMH en la década de los 90 él y otros ya tenían claro que no existía un único gen para la esquizofrenia o el autismo. "Creía que había a lo sumo 20 o, en casos extremos, 100 genes", añade. "Estábamos muy desencaminados".

Hasta el momento, los investigadores han identificado cientos de variantes genéticas asociadas con un mayor riesgo de padecer esquizofrenia, y Hyman cree que el número podría ascender hasta un millar. Algunas de las mutaciones parecen ser comunes, mientras que otras variantes raras parecen causar los mismos síntomas que aquellas experimentadas por individuos con un conjunto completamente distinto de mutaciones raras. Por otra parte, las distintas variantes parecen conferir distintos grados de riesgo, y varios estudios recientes han demostrado que muchos trastornos, como la esquizofrenia y el autismo, comparten una serie de genes culpables. Para Hyman, es un rompecabezas complicadísimo.


Investigadores como Amit Etkin de Stanford (en la imagen) y Kay Tye del MIT (abajo) creen que es fundamental comprender mejor los neurocircuitos y las conexiones para poder buscar mejores tratamientos para los trastornos psiquiátricos.




Creer que la extrema complejidad genética de los trastornos cerebrales puede ser un buen presagio para el descubrimiento de fármacos depende de lo pesimista u optimista que seas. Eso es lo que opina la directora del departamento de genómica psiquiátrica en la Escuela de Medicina de Icahn en el Monte Sinaí de Nueva York, Pamela Sklar. El enfoque convencional para el descubrimiento de fármacos para enfermedades con un fuerte componente genético consiste en identificar el gen que provoca o juega un papel importante en la enfermedad, y después probar compuestos contra la proteína que codifica. Es probable que este enfoque no sirva para la mayoría de las enfermedades psiquiátricas, puesto que son causadas por la combinación de muchas variantes genéticas. Pero Sklar obviamente se inclina hacia el optimismo. Sugiere que el alto número de variantes ofrece más posibilidades para descifrar las vías principales que intervienen en los trastornos, y más oportunidades de llegar a formas inteligentes para solucionarlos.

La esperanza es que todas estas variantes genéticas tiendan a afectar a conjuntos comunes de vías moleculares, tipos de células o neurocircuitos específicos. Esto podría ayudar a los científicos a identificar qué no funciona, y también les podrían dar nuevos objetivos para tratamientos potenciales. Sin embargo Sklar, especializada en la búsqueda de las causas genéticas de la esquizofrenia y el trastorno bipolar, reconoce que a pesar de los rápidos avances de la genética durante los últimos años, aún existen grandes lagunas de entendimiento. "No conocemos todos los factores de riesgo", afirma, "y al tener tan pocas piezas del rompecabezas es muy difícil saber cómo funciona".


Kay Tye (MIT).




A este misterio genético hay que añadir el hecho de que el cerebro tiene aproximadamente 86.000 millones de neuronas y alrededor de mil millones de millones de sinapsis (puntos de conexión entre las neuronas), y comprender las causas de los trastornos cerebrales es algo evidentemente abrumador. Por tanto, la capacidad de extraer células de un paciente y convertirlas en neuronas en una placa resulta interesantísimo para los investigadores. Les proporciona una forma de examinar directamente cómo han afectado las variantes genéticas a las neuronas de un paciente enfermo. Puede que no conozcamos todos los detalles de la genética, pero al menos pueden verse los resultados. Es más, los nuevos métodos de edición del genoma permiten alterar con precisión los genes de las células madre que luego se desarrollan en neuronas, añadiendo una mutación asociada con la enfermedad para ver cómo afecta a las neuronas resultantes.

Pero, ¿cómo funcionan estas neuronas en un cerebro real, con sus inmensas redes de circuitos y conexiones? ¿Cómo afectan realmente las mutaciones genéticas implicadas en el autismo y la esquizofrenia a estos circuitos y cómo alteran el comportamiento? Una nueva investigación está empezando a analizar estas cuestiones.

A finales de este verano, una colonia de monos tití, primates nativos de América del Sur, comenzarán a vivir en el Instituto McGovern del MIT para la Investigación del Cerebro. Los monos y las personas comparten un córtex prefrontal (la región cercana a la parte frontal del cráneo) muy desarrollado. Y, según Feng desde el MIT, cada vez hay más pruebas de que muchos de los defectos inexplicables de la esquizofrenia y las deficiencias en la comunicación social y el comportamiento encontradas en el autismo se pueden asociar a este área del cerebro.

Para comenzar a desentrañar qué es lo que no funciona, Feng y sus colegas planean utilizar la edición de genomas y criar monos con mutaciones precisas asociadas con trastornos psiquiátricos. Inicialmente, los científicos se centrarán en una rara mutación en un gen llamado SHANK3. Puesto que es un ejemplo inusual de gen individual que provoca cambios claros parecidos al autismo en el comportamiento, es fácil usarlo como punto de partida. Las generaciones posteriores de monos podrían poseer las mutaciones múltiples que se encuentran en la mayoría de las formas de autismo y esquizofrenia.


¿Cómo puede este mayor conocimiento de los circuitos y las conexiones del cerebro, y su papel en sentimientos como la ansiedad, traducirse en terapias reales? ¿Pueden los investigadores encontrar formas eficaces y seguras de intervenir?

Los monos podrían ser una forma más fiable de probar medicamentos psiquiátricos en comparación con los roedores, cuyos circuitos cerebrales son mucho menos parecidos a los nuestros. La idea no es crear animales con esquizofrenia o autismo, ya que esta compleja mezcla de comportamientos humanos aberrantes no puede ser verdaderamente replicada incluso en otros primates. Más bien se trata de ver cómo cambian las mutaciones genéticas a los circuitos a nivel molecular y cómo se altera el comportamiento de los animales como resultado. "El comportamiento puede que no sea idéntico al de los humanos", asegura Feng, "pero por lo menos sirve de lectura. Es una confirmación de que podemos corregir los circuitos y que los cambios producen mejoras en el comportamiento".



El ratón se encoge en un rincón del laberinto. Incluso en el vídeo del experimento, su ansiedad parece palpable a medida que se pega contra la pared. Un delgado hilo de fibra óptica está conectado al cráneo del animal. De pronto, después de un estallido de luz azul a través de la fibra, el ratón comienza a correr por sus alrededores, explorando las cuatro ramas del laberinto con nueva energía y coraje.

La invención de la optogenética ha revolucionado el estudio de los neurocircuitos. Pero incluso entre todos los impresionantes estudios que han utilizando la tecnología, este experimento con el ratón, que Kay Tye realizó en 2011 como postdoctorado en Stanford (EEUU), destaca entre los demás. Tye, que hoy día es profesora asistente en el MIT, demostró que podía encender y apagar la ansiedad con un toque de interruptor. A pesar de que su objetivo era una parte del cerebro llamada amígdala, bien conocida por estar involucrada en el miedo y la ansiedad, le "sorprendió lo repentino y robusto del cambio", y afirma: "Fue casi instantáneo. Me quedé impresionada. Ha cambiado mi forma de pensar sobre el cerebro".

¿Cómo puede este mayor conocimiento de los circuitos y las conexiones del cerebro, y su papel en sentimientos como la ansiedad, traducirse en terapias reales? ¿Pueden los investigadores encontrar formas eficaces y seguras de intervenir en estos circuitos y conexiones en los cerebros de los pacientes? ¿Pueden encontrar formas de arreglar lo que va mal?

La optogenética, al menos en su versión actual, no parece ser la forma de conseguirlo. Se requiere la modificación genética de las células que los investigadores deseen activar y el uso intrusivo de un hilo de fibra óptica en el cerebro. Por ese motivo está limitada en gran medida a los roedores, aunque se han hecho un par de experimentos con monos. El uso de la tecnología para arreglar directamente aquellos circuitos cerebrales que no funcionen bien en seres humanos no resulta práctico hoy día, y puede que nunca lo sea. Pero como técnica de investigación, podría dar a los investigadores de medicamentos algo que necesitan desesperadamente: nuevos objetivos (dianas) moleculares. Investigadores como Tye y Feng creen que sus experimentos optogenéticos pueden ayudar a identificar tipos específicos de células en los circuitos que subyacen bajo ciertos síntomas psiquiátricos. Tendrán que detectar marcadores distintivos en dichas células que permitan que el fármaco las reconozca. Es un enfoque muy prometedor. De hecho, algunos resultados recientes sugieren que hay formas de individualizar células que tengan un importancia crítica como objetivos para compuestos farmacológicos. Sin embargo, la investigación todavía está en su fase inicial.

Una alternativa es tratar de intervenir directamente en los circuitos, omitiendo el uso de fármacos. Un tratamiento estándar para la enfermedad de Parkinson consiste en implantar una serie de electrodos en el cerebro de un paciente para calmar los temblores. Se conoce como estimulación profunda del cerebro, y los investigadores de la Universidad de Emory (EEUU) están tratando de adaptar la tecnología para tratar la depresión, insertando un electrodo en una región del cerebro llamada Área 25. Otros están utilizando la estimulación cerebral profunda para tratar el trastorno obsesivo-compulsivo, con resultados prometedores.

Puede que también haya formas de afectar directamente a los circuitos defectuosos sin tener que recurrir a la cirugía. El profesor asistente de psiquiatría en Stanford, Amit Etkin, utiliza una combinación de imágenes de resonancia magnética funcional (IRMf) y estimulación magnética no invasiva para crear un mapa del circuito defectuoso de los pacientes. Su objetivo es adaptar la estimulación magnética, que ya se utiliza ampliamente para el tratamiento de casos difíciles de depresión, a los problemas específicos del neurocircuitaje de un paciente.

La terapia, que se administra usando una bobina electromagnética colocada contra el cuero cabelludo, utiliza pulsos magnéticos para crear una corriente eléctrica capaz de aumentar o disminuir la actividad cerebral. La versión comercial de la técnica está diseñada para tener como objetivo la misma pequeña sección de la corteza prefrontal en todos los pacientes, pero si se combina con la tecnología de imágenes, Etkin cree que la estimulación podría aplicarse con más precisión donde el paciente la necesite. No va a ser una cura milagrosa. El método parece ayudar solamente a algunas personas. Para Etkin, su trabajo está motivado por la frustración de no poder ofrecer a los pacientes opciones con más probabilidades de éxito.

Etkin, que también trabaja en una clínica en el Hospital de Palo Alto (EEUU) para veteranos de guerra con ansiedad y depresión grave, usa varias herramientas para ayudar a los pacientes, entre ellas medicamentos y psicoterapia, así como estimulación magnética. La clave para que todos los enfoques sean más eficaces, señala, es aprender más acerca de cómo conducen los circuitos neuronales y conexiones defectuosos a un comportamiento aberrante. Al intentar solucionar estos problemas, señala: "Trato de no ser chovinista en cuanto a la tecnología [de tratamiento]". Añade que trabajar con pacientes no sólo le ha motivado a investigar la forma de conseguir tratamientos potencialmente mejores, sino que también le ha enseñado cuáles son las limitaciones prácticas: "Puede que muchos estudios científicos tengan sentido, pero están alejados de lo que es factible en el mundo real. A veces esa distancia es significativa".



En Novartis, Ricardo Dolmetsch es responsable de tratar de acortar la distancia entre el emergente conocimiento científico sobre los trastornos cerebrales y la disponibilidad de medicamentos más eficaces. Y es realista en cuanto al pronóstico: "Espero que el camino esté lleno de momentos emocionantes. Pero no lo sabemos aún. Se tarda mucho tiempo".

Dolmetsch no es el típico director industrial de medicamentos. Hace menos de un año dirigía un laboratorio de la Universidad de Stanford, ayudando a crear una biblioteca de neuronas de pacientes con autismo que será albergada en el Instituto del Cerebro de Allen en Seattle (EEUU). Y su página web en Stanford (oficialmente ha pedido un permiso para ausentarse de la universidad) aún refleja su peculiar personalidad. Tiene enlaces a historias que describen su "humor pícaro" y sus intentos de ir a trabajar en un palo saltarín durante sus primeros días en la universidad.

Hace aproximadamente una década su investigación dio un giro dramático. En Stanford, empezó investigando cuestiones básicas sobre la bioquímica de las células cerebrales, y el trabajo fue lo suficientemente impresionante para que lo nombraran profesor asistente. Después, en 2005, su hijo fue diagnosticado con autismo. Frustrado por la falta de opciones de tratamiento, Dolmetsch reorganizó su laboratorio y lo dedicó a la investigación de la enfermedad. Desde entonces, ha ayudado a crear métodos pioneros que obtienen células de la piel de personas con autismo, las reprograman para convertirlas en células madre y después hacen que se conviertan en neuronas en las que se pueden estudiar las anomalías. Él cree que esta tecnología, junto con la revolución genética generada en parte por la posibilidad de secuenciar ADN de forma barata y rápida, será la pieza clave de la renovada iniciativa de Novartis por identificar nuevos fármacos psiquiátricos.


Aunque cada vez se sabe más acerca del funcionamiento del cerebro de aquellas personas con trastornos psiquiátricos, aún no está nada claro cómo podría conducir dicho conocimiento a la creación de medicamentos, ni siquiera si podría ser posible crearlos. Pero al menos ahora los investigadores tienen las herramientas que necesitan.

"Te da un punto de partida con el paciente", afirma Dolmetsch. Desde hace tiempo los oncólogos tienen la posibilidad de hacer una biopsia de los tumores, "pero uno no puede hacer agujeros en el cerebro de la gente y sacar un trocito", señala. "Sin embargo, ahora tenemos la capacidad de realizar biopsias de células madre". Para llevar la tecnología incluso más lejos, los investigadores de Novartis se están preparando para crear organoides, pequeños trozos de cerebro formados en una placa de Petri a medida que las neuronas maduran y se agrupan en estructuras tridimensionales. Los investigadores no sólo pueden buscar anomalías, sino que pueden probar compuestos pertenecientes al amplio catálogo de fármacos potenciales de Novartis para ver cómo afectan los productos químicos a las neuronas.


Ricardo Dolmetsch espera resucitar el descubrimiento de medicamentos psiquiátricos en Novartis, utilizando avances en genética y la tecnología de células madre.




Diseñar fármacos que se dirijan con precisión a los circuitos en el cerebro sigue siendo una oportunidad más distante. "Ahora tenemos cierta idea de los tipos de células y regiones del cerebro que necesitamos inhibir o activar para hacer que alguien sea más feliz o tenga menos ansiedad. Ya no tenemos que tratar el cerebro como si fuera una masa de moléculas de señalización", reconoce Dolmetsch. No obstante, aún queda la enorme dificultad de desarrollar un fármaco que active o inactive de forma selectiva ciertos tipos de células en ciertos circuitos. "¿Cómo podemos hacerlo?", se pregunta. "No se ha hecho antes". Y añade: "El descubrimiento de fármacos no está actualmente en ese punto, aunque es ahí hacia donde se dirige".

Dolmetsch se unió a la industria farmacéutica porque se dio cuenta de que la ciencia y la tecnología habían avanzado lo suficiente como para crear oportunidades para el desarrollo de nuevos fármacos psiquiátricos. También se dio cuenta después de años de investigación académica de que la comercialización de un nuevo medicamento requiere los recursos, el dinero y las poblaciones de pacientes que tiene a su disposición una empresa como Novartis. Era, señala, "hora de predicar con el ejemplo" después de pasarse años hablando de posibles tratamientos para el autismo y la esquizofrenia.

Sin embargo, el hecho de fracasar en la búsqueda de nuevos medicamentos eficaces para los trastornos cerebrales, y el estigma que ha creado el alto coste de estos fracasos, claramente es algo que tienen muy presente aquellos en la industria. Las empresas "han desarrollado algunos medicamentos fantásticos durante los últimos 10 años, medicamentos seguros y que producen un efecto en su objetivo", señala Dolmetsch antes de pasar al humor: medicamentos tan ineficaces como el agua. Aunque está convencido de que él y su equipo cuentan con "una mejor forma de descubrir nuevos medicamentos", también reconoce que pasarán de cinco a ocho años antes de saber si funciona su estrategia basada en nuevas herramientas de genética y células madre.

Para aquellos que traten de descubrir nuevos medicamentos, la cosa se reduce a buscar nuevos objetivos (dianas) moleculares que puedan verse afectados de manera segura por un compuesto químico de una forma que enfrente los síntomas de una enfermedad. Es un desafío de proporciones enormes. Y aunque cada vez se sabe más acerca del funcionamiento del cerebro de aquellas personas con trastornos psiquiátricos, aún no está nada claro cómo podría conducir dicho conocimiento a la creación de medicamentos, ni siquiera si podría ser posible crearlos. Pero al menos ahora, después de décadas de callejones sin salida, los investigadores de medicamentos tienen finalmente las herramientas que necesitan para comenzar a probar metódicamente estrategias para encontrar y actuar sobre estos objetivos. Ahora que por fin contamos con una mejor forma de encontrar medicamentos para trastornos como el autismo y la esquizofrenia, Dolmetsch cree que "sería un poco un crimen no sacarle partido".

lunes, 3 de septiembre de 2012

Se aprueba un ensayo clínico con células madre de cordón umbilical para tratar el autismo

Fuente: http://pcneautismo.wordpress.com/2012/08/31/se-aprueba-ensayo-para-curar-el-autismo-con-celulas-del-cordon-umbilical/


El Dr. Michael Chez, investigador principal del estudio, ha anunciado que próximamente se pondrá en marcha un ensayo clínico recientemente aprobado por la FDA, en el que se utilizarán células madre de cordón umbilical de los propios pacientes para tratar su autismo. El ensayo, que se llevará a cabo en el Sutter Institute for Medical Research (Sacramento, California) pretende obtener una vía terapéutica para aquellos niños cuyo autismo no tenga una explicación genética y que podría deberse a un daño cerebral de tipo infeccioso o ambiental.

Unos 30 niños de entre 2 y 7 años recibirán una transfusión de células madre autólogas y seis meses después se medirán los posibles cambios en capacidad expresiva, lenguaje, comportamiento y aprendizaje, además de los niveles de algunos factores moleculares en sangre. Se prevé la finalización del estudio en un año aproximadamente.



Enlace  al ensayo en ClinicalTrials.gov:

http://www.clinicaltrial.gov/ct2/results?term=NCT01638819